viernes, marzo 10, 2006

Mahatma Eto’o

“Eto’o, estandarte contra el racismo”, La Razón. “Eto’o y su firme gesto de dignidad”, Diario AS. “La actitud de Eto’o fue muy digna y valiente” Joan Laporta, presidente del Barça, en declaraciones recogidas en el diario Marca. Estos últimos días la prensa nacional ha dedicado titulares de este calibre ―y de aun mayor― al recién erigido en Nelson Mandela de los estadios: Samuel Eto’o.

Sí, el delantero del Barcelona, ese que el mismo día de su presentación en el club decía que pensaba correr como un negro para poder vivir como un blanco, el que escupe a la cara a los rivales y corea “Madrid, cabrón, saluda al campeón”. Este ejemplo de deportividad es el que se ha encargado de denunciar ante la comunidad internacional lo abominables y racistas que somos los futboleros españoles.

Menudo día. 25 de febrero, estadio de La Romareda, Zaragoza. El conjunto local va perdiendo por un gol a cero contra los blaugrana. Quedan 15 minutos para que termine el encuentro, y en el saque de un córner, la grada conmueve al camerunés con insultos furibundos. Como es un profesional extraordinario (debe de serlo, ganando mil millones al año) decide que lo más lógico es abandonar el terreno de juego. Es la nueva versión del Mahatma Gandhi, la desobediencia civil encarnada en un delantero de fútbol. Se pueden escuchar los latidos de los corazones. El estadio enmudece, el árbitro se tira del pelo. Ronaldinho cubre a Eto’o (destrozado tras ser el primer jugador de fútbol insultado fuera de casa de la historia) que, tras unos segundos interminables, decide girar, clavar la bota, volver al campo y enfrentarse ante la barbarie. ¡Es un mártir del siglo veintiuno!

No es justificable que a uno lo llamen “negro de mierda”, pero es cierto que si fuera calvo el que marcara gol en un campo rival sería automáticamente un “calvo de mierda”, o si no gordo, o chino, o un cojo, o un superviviente de Chernobil. El fútbol produce una reacción incomprensible sobre las entendederas del más civilizado (quién no ha visto a un amigo suyo, habitualmente de lo más formal, perder los nervios por completo al señalar el árbitro un penalti en contra de su equipo). Se sostienen muy mal las montañas sobre granos de arena, y a los demagogos victimistas se les suele acabar viendo el plumero.

El deporte de equipo por excelencia vive sus peores momentos. Ahora Eto’o puede decidir autónomamente sabotear a todos sus compañeros; por no hablar de los espectadores. Podemos estarle agradecidos: nos ha enseñado la diferencia entre el bien y el mal. Con él, con Ronaldinho (que ha declarado que si Eto’o hubiera decidido marcharse, él se hubiera ido con él a los vestuarios) y con otros personajes de este pelo, no se hace sino adormecer más a la gente, arrojar humo, crear fantasmas donde no los hay y, en definitiva, devaluar un espectáculo cuyo solo precio debería asegurar una función excelente. Ya basta de tanta tontería.